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Hay im谩genes que retratan mejor la pol铆tica que cualquier informe t茅cnico. La de hoy es simple y poderosa: gobernadores sueltos, como burros sin mecate. No es una met谩fora gratuita ni un exceso ret贸rico; es el reflejo de un fen贸meno que, lejos de ser anecd贸tico, comienza a perfilarse como una constante inquietante en la din谩mica del poder en M茅xico.
En d铆as recientes, han surgido cuestionamientos sobre el margen de maniobra que algunos gobiernos estatales han asumido en materia de seguridad y cooperaci贸n internacional. Casos como los de Chihuahua y Nuevo Le贸n han encendido las alertas: acuerdos con agencias estadounidenses que, seg煤n diversas versiones, no pasaron por la coordinaci贸n formal con la Federaci贸n. M谩s all谩 del debate pol铆tico inmediato, el asunto abre una interrogante de fondo: ¿hasta d贸nde llega el federalismo y en qu茅 punto comienza la fragmentaci贸n del Estado?
Conviene recordar que M茅xico no es una suma de rep煤blicas independientes, sino una federaci贸n con competencias claramente delimitadas. La seguridad nacional, la inteligencia y las relaciones con gobiernos extranjeros no son temas menores ni de libre interpretaci贸n. Exigen coordinaci贸n, responsabilidad compartida y, sobre todo, respeto al marco constitucional. Cuando un gobernador decide operar por su cuenta en estos terrenos, no solo estira la liga institucional: la pone en riesgo de romperse.
Pero el problema no se agota en lo jur铆dico. Hay una dimensi贸n pol铆tica que resulta a煤n m谩s preocupante. Se ha instalado —en algunos casos con m谩s claridad que en otros— una forma de ejercer el poder estatal que privilegia el estilo personalista por encima de la institucionalidad. Gobernadores que gobiernan hacia adentro, rodeados de c铆rculos cerrados, poco permeables a la cr铆tica y, en ocasiones, m谩s atentos a sus agendas particulares que a las prioridades colectivas.
No se trata de una acusaci贸n uniforme ni de un fen贸meno exclusivo de un solo partido. Hay ejemplos en la oposici贸n, pero tambi茅n dentro del propio movimiento en el poder. La constante es otra: decisiones unilaterales, uso discrecional de recursos, redes de lealtades que se confunden con estructuras de gobierno y una preocupante desconexi贸n con la ciudadan铆a. El viejo fantasma del cacicazgo —ese que se cre铆a superado— parece haberse reinventado bajo nuevas formas y nuevos discursos.
En este contexto, la Federaci贸n aparece, por momentos, como un espectador que llega tarde a la funci贸n. Se entera despu茅s, reacciona con cautela y, en ocasiones, opta por la prudencia pol铆tica antes que por la firmeza institucional. El resultado es un vac铆o de control que alimenta la percepci贸n de que cada entidad puede operar bajo sus propias reglas, incluso en asuntos tan delicados como la seguridad o la colaboraci贸n internacional.
El federalismo, bien entendido, no es sin贸nimo de dispersi贸n ni de autonom铆a irrestricta. Es un sistema de equilibrios, de coordinaci贸n y de responsabilidades compartidas. Su fortaleza radica precisamente en la capacidad de articular lo local con lo nacional, sin que uno anule al otro. Cuando ese equilibrio se pierde, el riesgo no es menor: se abre la puerta a un mosaico de poderes que act煤an sin br煤jula com煤n.
Y aqu铆 es donde la iron铆a se vuelve inevitable. Durante a帽os se critic贸 —con raz贸n— el centralismo excesivo, la concentraci贸n de decisiones en un solo punto del pa铆s. Hoy, el p茅ndulo parece moverse hacia el extremo contrario: una dispersi贸n de poder que, sin controles claros, puede derivar en desorden. Ni lo uno ni lo otro. El reto sigue siendo el mismo: construir instituciones que funcionen m谩s all谩 de los estilos personales.
El llamado, entonces, no es a recortar la autonom铆a estatal, sino a encauzarla. A recordar que gobernar implica tambi茅n rendir cuentas, coordinarse y asumir que hay l铆mites que no son opcionales. La seguridad, la inteligencia y la relaci贸n con actores internacionales no admiten improvisaciones ni protagonismos individuales.
Urge, s铆, que desde la Presidencia se ejerza liderazgo. No desde la imposici贸n, sino desde la conducci贸n pol铆tica. “Jalar el mecatito”, como coloquialmente se dir铆a, no para someter, sino para ordenar. Para dejar claro que el federalismo no es tierra de nadie, ni espacio para aventuras personales, sino un pacto que exige disciplina institucional.
Porque cuando cada quien camina por su cuenta, el problema no es solo que se pierda el rumbo. Es que, tarde o temprano, alguien termina pagando las consecuencias. Y en pol铆tica, casi siempre, ese alguien es la ciudadan铆a.







